Nunca una mentira tuvo tanta verdad.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Intermezzo

La capacidad de poner en palabras lo que uno siente ya esta por demás sabido que no es algo tan fácil de hacer. Mientras que nuestro cerebro funciona a una velocidad inmensurable, nuestras manos se detienen a escribir cada letra y se pierde así la totalidad de la idea. Ni siquiera sería suficiente decirlo con palabras en el mismo momento que lo pensamos, porque lo que sale de nuestra boca suena con otro ritmo, se dice segundos después, se piensa en lo que se dice, en cambio; el cerebro sigue su propio camino, casi autónomo, en un discurrir de conceptos y sensaciones. La imaginación siempre va más rápido, aspira a grandes y simples ideas. Aunque llegado el momento uno descubre que no son tan fáciles de llevar a cabo, pero quien no ha tenido la ilusión de crear una máquina, conectada a nuestras neuronas, capaz de escribir automáticamente cada uno de nuestros pensamientos. Para así no detenernos a tratar de recordar lo que estamos sintiendo sino simplemente dejarnos llevar por la rápida corriente; que ya habrá tiempo de contemplar estos momentos desde afuera.

Por lo tanto, esto es un intento de plasmar la realidad, de abstraer esos minutos donde nada necesita explicación, donde las cosas hablan por sí solas, y traerlos a un papel; donde yo conociendo lo difícil del caso, trato de hacer hablar a la realidad a través de las letras, trato de ponerle una pausa y reescribir en unos cuantos símbolos lo que no necesita representación alguna mas que ella misma.

También debo admitir que es un intento enteramente personal creer que dentro de la escritura se encuentra mi habilidad máxima, que de hace años es el hecho que me reconforta, expresar y transmitir, y que puedo encontrar en esto una satisfacción personal y a la vez un regalo para quien tenga ganas de leer y pueda disfrutarlo.

El problema siempre incurre en lo mismo, ¿creemos de lleno en algo o nos ponemos un freno y lo tomamos con pinzas? ¿Nos dejamos llevar por esas sensaciones que cuando las sentimos no nos permiten dudar un segundo o miramos desde afuera y nos ponemos escépticos? ¿Buscamos excusas para escapar de una realidad con demasiado sentido o tratamos de vivir sabiendo que eso existe y abriéndonos a percibirlo cada vez más? La mente, al menos la mía, me muestra que existe una barrera, un límite que nunca cruzamos con la totalidad de nuestro ser. ¿Qué riesgos corremos si tomamos como real lo que pasa en nuestro cerebro? ¿Quién es el que pone el parámetro de las cosas que debemos tomar y las que debemos dejar? ¿Vivimos constantemente un mundo interior propio ajeno y paralelo al mundo en el que nos relacionamos cotidianamente con nuestros pares o hay algo en común que nos une y que debemos ver como por encima de nuestras propias existencias? Preguntas que no nos animamos a responder o a las que nunca le encontraremos respuestas tajantes del tipo que está acostumbrado nuestro cerebro a entender la mayor parte del tiempo: 2 mas 2 es cuatro, ¿pero eso es real? ¿Desde cuantos puntos de vista? Desde distintos puntos cognitivos la realidad puede presentarse diferente. Creo que al fin y al cabo tenemos que conocer esta posibilidad, reconocer los distintos estados de conciencia y de alguna manera abrirnos y convivir con estas diferentes formas.